Esta obra es una oda al paisaje que me inspira una y otra vez: la carretera que lleva a la playa en La Paz, Baja California Sur. Un lugar donde el tiempo parece detenerse y el alma se expande.
En el centro, la carretera se abre como un portal que invita al viaje interno. A los lados, cactus monumentales custodian el camino como guardianes ancestrales del desierto. Al fondo, las montañas se funden con el horizonte mientras una luna enorme corona el cielo, testigo silencioso del tránsito entre dimensiones.
El cielo, bañado por los últimos tonos del atardecer y salpicado de estrellas, transmite esa sensación mágica que solo se vive en La Baja: un equilibrio perfecto entre vastedad, quietud y misterio.
Los efectos neón acentúan la intensidad emocional de esta visión, iluminando lo que la memoria guarda con colores más vivos que la realidad. Esta pieza es un homenaje a mis raíces, a los caminos recorridos y a la tierra que siempre será mi musa.





